Historia

Historia – Geschichtliches – History

El SEÑORÍO DEL VALLE – Un lugar de ayer, hoy…

La Casa del Patio, patrimonio histórico canario y en especial origen de la historia del municipio de Santiago del Teide. La Villa Histórica de Santiago del Teide nació hace varios siglos y la historia se narra así:

“La historia cuenta que el Señorío del Valle de Santiago fue concedido por el Rey Felipe IV a Don Fernando del Hoyo y Solórzano, por Real Cédula de 3 de Julio de 1663, haciéndola Villa con jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero y mixto imperio, con facultad de poner en ella horca, picota, cuchillo, cárceles, cepo azote y penas de cámara y sangre.

Dicho Señorío se otorgó a Fernando del Hoya después de haber aceptado la Corona su ofrecimiento de 3200 ducados de plata, al estimarse la extensión del Valle de Santiago en media legua. Habitada la Villa por 54 vecinos, sus vidas se vieron afectadas al verse abandonados por la Corona a merced de la autoridad señorial y contemplando como en un montículo, cerca de la casa señorial y a la vera del camino, se alzó una siniestra horca.

Sea como fuera, a medida que pasaron los años, la relación de los vecinos con el señor fue mejorando. La horca nunca se usó y D. Fernando ponía como ejemplo a sus vasallos y lo felices que eran cuando, por alguna razón, se cuestionaba ante la Corona la conceción del señorío.”

Con el paso de los tiempos todo ha cambiado y nada cambió……

El 9 de septiembre de 1679 se creó la Parroquia de San Fernando en Santiago del teide. Su jurisdicción se extendía desde Juan lópez y Masca por el Norte hasta el Barranco de Vera de Erquesque linda con Adeje por el Sur.

Al margen de su historia, este lugar conserva todo el encanto de los siglos inmediatamente posteriores a la conquista, y podemos afirmar que es uno de los parajes más hermosos de que se puede disfrutar en Tenerife.

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La ciudad y el campo – Puntos cubanos (Diálogo entre el “señorito” de la ciudad y el campesino).

-Ven conmigo a la ciudad

a respirar otro ambiente

que el campo siempre es doliente

lejos de la sociedad.

Donde la prosperidad

abre camino al progreso,

en el campo nada de eso

siempre la misma rutina,

es la vida campesina

máquina de retroceso.

-Es bonita la ciudad

mas, en el campo nací

él encierra para mi 

toda la felicidad.

Es el campo quien me da 

mi bienestar y grandeza,

vivo con toda franqueza

y me siento más seguro,

respiorando el aire puro

que da la naturaleza. 

Memoria de un medianero de la Casa del Patio

Esteban Dorta Pérez fue medianero durante toda su vida laboral en la finca de la Casa del patio, en el Valle de Santiago. Nació en dicha finca, pues sus padres y abuelos fueron también medianeros de la misma, el 26 de diciembre de 1928. Eran cinco hermanos, dos hembras y tres varones, de los que tres , él y las dos hermanas, trabajaron en la finca hasta que se jubilaron. Esteban se retiró en 1995.

Durante este dilatado período de tiempo tuvo dos “amos” – así solían llamar a los dueños-, el primero fue Fernando de Hoyo machado, en la parte de la finca que se llamaba El Calvario, y el segundo, su hijo, Felipe de Hoyo Machado, en la zona conocida como Cercado de los Ajos. se cambió en 1957  ó 1958 -no lo recuerda con exactitud-, cuando la finca se dividió en cuatro partes. Esteban optó por trasladarse debido a la mejor calidad de las tierras en este trozo.

En dicho terreno construyó una era rectangular bastante grande, que fue revolucionaria en su época.El motivo de hacerla así era para poder aprovechar la paja que se perdía en las eras redondas por falta de espacio, debido al sistema que empleaba al aventar.

En la finca había ocho medianeros al principio, do por cada unas de las partes, aunque al tener que irse uno de ellos y no ser sustituido por ningún otro, quedaron siete; de los que cuatro, que eran del Valle de Arriba, vivían en sus casas, pero los tres restantes, entre los que se encontraba Esteban, lo hacían en las que les proporcionaba el marqués. Las medianerías eran muy apetecibles, por cada uno que salía, casi siempre por vejez, su puesto era solicitado por unos veinte aspirantes.

El marqués les imponía unas normas muy estrictas, pero si los medianeros las cumplían y demostraban su honradez, tenían bastante libertad para desarrollar sus labores. Ellos procuraban cumplir con todo a rajatabla, porque de lo contrario perdían su trabajo, y en aquella época era muy difícil, por no decir imposible, conseguir otro que les ofreciese las mismas garantías de continuidad de las que disfrutaban en la finca.

Una de las cosas que recuerda esteban era que cada medianero le tenía que dar al marqués dos gallinas por Navidad.

El reparto de las cosechas lo realizaba el encargado en la Casa del Patio. Siendo Esteban pequeño había uno de Arguayo que se llamaba Corsinio, pero el encargado que tuvo él fue Agustín Alegría, que era de Erjos. cuando éste dejó su trabajo al jubilarse, en lugar de otro encargado se puso a un administrador; pero que ya no vivía en la casa, sino que venía mensualmente para supervisar las cosechas, la venta de productos, etc.

Esteban, a lo largo de su vida laboral, desempeñó otras funciones en la finca, aunque sin dejar de ser medianero. Según él, primero fue considerado como un peón de confianza, lo que le permitía vender los productos que cogía. Posteriormente, en le año 1964, pasó a ser guarda jurado en la parte de la finca de la que él era medianero. Por este motivo comenzó a percibir una pequeña compensación económica.

La Casa del Patio era el centro económico del municipio de Santiago del Teide, y donde más riqueza se producía hasta la creación de las cooperativas agrícolas de Tamaimo -en los años sesenta del pasado siglo- y la posterior llegada del turismo.

Cuando era pequeño fue a la escuela de El Valle, al principio ésta era mixta, aunque así estuvo poco tiempo porque los separaron y pasó a un aula sólo con chicos. Cuando cumplió catorce años debía de dejar la escuela, pero como él tenía mucho interés en continuar, el maestro, que se llamaba José y era palmero, le dijo que podía seguir con la condición de que no llevase pantalones largos -estos se usaban cuando ya se era jovencito-, y así estuvo uno o dos cursos más -no lo recuerda bien- yendo, por supuesto, con pantalones cortos. por las tardes, al finalizar las clases, iba a ayudar a su padre en las tareas agrícolas.

Al dejar las escuela siguió, durante algunos meses, aprendiendo con el cura de El Valle, que se llamaba Manuel y era de La Victoria. A cambio le llevaba un brazado de escobones para dos cabras que tenía. REcuerda que la madre del sacerdote era una señora muy buena que hacía una comida exquisita, y que a él lo invitaban muchas veces a comer con ellos.

Cuando dejó de estudiar ganó su primer jornal cavando viña, donde le pagaban doce pesetas diarias, con un horario que comenzaba a la salida del sol y terminaba cuando éste se ponía. Allí vio a chicos con algunos años menos que él realizando el mismo trabajo, ya que las necesidades económicas por las que atravesaban sus familiares les obligaban a hacerlo.

Trabajo en la Casa del Patio

Su trabajo como medianero consistía en la siembra de cereales -sobre todo trigo y cebada, el centeno se usaba solamente como alimento para los animales-, lentejas blancas y pardas -estas últimas eran también para los animales, bien como forraje o poniendo el grano en agua por la tarde, a fin de que se hinchase, para dárselo como “ración extra” al día siguiente, un poco antes de salir a trabajar-, chochos, garbanzos, “manchón” -era una mezcla de varias semillas, como centeno, cebada, lentejas pardas y chochos, aunque estos últimos, al no comerlos directamente los animales, se dejaban para echárselos cuando estuviesen preparados para ello.

El manchón que se sembraba en tierras de no muy buena calidad, como no crecía mucho, se utilizaba para pasto, pero el que se cultivaba en las partes más fértiles lo segaban para forraje-, así como papas y azafrán.

En cuanto a la ganadería, el marqués le daba a cada medianero seis o siete vacas, cuya leche era a medias, y tres o cuatro cabras que, en este caso, eran para ellos. Aunque siempre desayunaban con la leche de las vacas por ser la más abundante, a la sobrante le añadían toda la de las cabras y con esta mezcla hacían el queso, ya que la gente lo prefería así, pues según decían era de mejor calidad. El queso se repartía a la mitad.

A las vacas había que quitarles el estiércol cada dos o tres días. Al retirarlo se ponía en su lugar ramas de escobón, albahaca y tomillo, que cogían en la finca, para evitar que se ensuciasen. En esa época no había, o eran muy escasos, las retamas y los codesos. Con las cabras y la yegua lo hacían semanalmente, y a veces hasta más días si el trabajo del campo les absorbía todo el tiempo.

Las almendras las recogía el marqués con peones -realizando este trabajo fue cuando Esteban cobró su primer sueldo de 25 pesetas- y se vendían con cáscara por fanegas -una fanega tenía seis cuartillas, que pesaban aproximadamente unos 50 kilos-. Durante muchos años las llevó un señor de Guía de Isora que se llamaba Hilario, quien, al principio, las partía a mano, y posteriormente con una máquina que compró para agilizar el trabajo.

Esteban recuerda que, cuando él era pequeño, algunas mujeres de El Valle se llevaban varias fanegas para partirlas a mano en sus casas. Así aprovechaban la oportunidad de ganar algún dinero compaginando este trabajo con el de su hogar -de una fanega de almendras limpias se solían sacar unos once kilos de promedio-. Cuando ya las tenían, sin cáscaras, se las llevaban al encargado, quien les pagaba según el precio convenido.

Los cereales que más se sembraban eran el trigo y la cebada que , una vez segados, los llevaban a una era, un tanto original por su forma ovalada, que estaba cerca de otra que era más grande, donde trillaban los dos medianeros que sembraban mayor cantidad de cereales (esta última era, que está detrás de la Casa del Patio, tiene un diámetro de 28,80 metros, algo más de un metro mayor que la de los Partidos de Franqui, siendo, por tanto , la más grande de Tenerife).

El trabajo de la trilla era bastante duro y, como en casi todos los del campo, participaba toda la familia. Requería varios días, necesitando siempre que hubiera brisa, porque de lo contrario al aventar no se separaba el grano de la paja.

Primero introducían los caballos “para bajar la parva” -estrujarla- y posteriormente continuaban las vacas con el trillo. Una vez estuviese trillado, la parva -paja y grano mezclado- se colocaba en medio de la era, donde se empezaba a aventar para separar la paja del trigo. Lo ponían al centro, y no cerca de la orilla como se hacía habitualmente, con el objeto de poder seguir aventando aunque la brisa llegara de direcciones diferentes a lo largo del día; como así solía ocurrir, pues en los meses de julio y agosto el viento venía por las mañanas, hasta aproximadamente las diez o las once, del norte, y a partir de esa hora, hasta las cuatro o las cinco de la tarde, lo hacía del sur. Pero al aventar de esta manera se perdía alguna paja fuera de la era. Por tal motivo, algún tiempo después, le permitieron construir una grande de forma rectangular en la que, al poner la parva a la mitad, se aprovechaba mejor la paja. En ella siguió trillando hasta que se jubiló.

Una vez que estuviera el grano limpio se “entongaba” -se ponía todo junto en un montón-, y entonces el encargado procedía al reparto. Primero se separaba las semillas, o sea, el que se necesitaba para sembrar al año siguiente, y a continuación se llenaban cuatro cuartillas – una fanega- que iba cogiendo cada una de las partes alternativamente. Cuando no quedaba suficiente grano para completar la cuartilla se utilizaba el almud -una cuartilla tenía tres almudes- o el medio almud, y se terminaba a puñados. El medio almud se usaba al principio, pero posteriormente dejó de emplearse, y cuando quedaba menos de un almud el montoncito se dividía a la mitad con la mano.

El medianero se llevaba su parte y lo ponía en cajones de tea o de pino. Esteban tenía uno de tea que llevaba doce fanegas. Seis en cada una de las dos partes en que estaba dividido. Como cada fanega de trigo equivalía a unos 50 kilos aproximadamente, el cajón contenía unos 600 kilos. Cuando la cosecha era buena y se obtenía una mayor cantidad de lo habitual, se cogía una manta de lana de tres lienzos -hechas en Teno- se doblaba por la mitad y se cosían dos de sus lados, quedando como un enorme saco en el que se ponía el grano sobrante.

En agosto y septiembre se cogían los higos de leche -de higuera-. Se llevaban en canastas a los pasiles y allí se colocaban sobre las piedras procurando que no quedasen unos encima de otros. Al final del verano, cuando ya quedaban pocos higos, si el tiempo amenazaba lluvia se ponían sobre esteras -de palma, hechas en Masca- para recogerlos lo antes posible y evitar que se mojasen.

Era un trabajo muy pesado, pues siempre había que estar agachado en los pasiles cuando más calor hiciese, ya que a los higos había que recogerlos para prensarlos en cajas cuando estuvieran lo más calientes posible. Al día siguiente se volvían a tender para hacer lo mismo que la vez anterior. Esto se repetía dos o tres veces. En los pasiles, en cuclillas y con las espaldas al sol, se sudaba mucho, máxime teniendo en cuenta que en El Valle, cuando llega el verano, el calor es agobiante.

Una vez terminado este proceso se llevaban a la Casa del Patio, donde había que ir cada ocho días a darles vuelta, o sea, removerlos para que se fueran azucarando. Unos días antes de Nochebuena se hacía el reparto pesándolos. Antes de partir la finca -ya se especificó que fue en 1957 ó 1958- se cogían de “tres unas” -dos partes para el dueño y una parte para el medianero-, pero a partir de esta fecha comenzaron a ser mitad.

También pasaban higos picos, pero era de un modo un tanto peculiar. Ellos le compraban al dueño los higos que hubiese en una cantidad determinada de pencas por un precio bastante asequible. Los utilizaban principalmente para comerlos, recién cogidos, pero los que consideraban que no podían ser consumidos frescos los pelaban y los pasaban de una forma similar a los higos de leche. Siendo, en este caso, solamente para ellos.

A finales de septiembre empezaba la vendimia. La uva se llevaba a los dos magníficos lagares que tenía en casa, donde se repisaba; el mosto se ponía en toneles de 600 litros y en barricas de 400 litros. Anualmente se solía coger -en la parte en la que Esteban era medianero- entre 10.000 y 20.000 litros, llegando a los 30.000 en el año 1965, cuando la Virgen de Candelaria pasó por El Valle. El vino era para los dueños, pues todo el trabajo de la viña se realizaba a jornal.

Se vendía por garrafones; venían a comprarlo en bestias desde La Montañeta, San José de los Llanos, Arguayo, Tamaimo…. sobre todo los que tenían ventas.

La Casa del Patio era como un enorme mercado donde la gente acudía para adquirir los productos que necesitaban. El encargado era el que vendía al público lo que se cosechaba. A veces se llegaba a acabar el grano, los higos pasados…antes de lo previsto porque siempre había mucha demanda.

Esteban sembraba papas veraneras -bonitas- y azucenas a finales de diciembre y blancas en enero, pero debido a la escasez de lluvias nunca se recogía la cantidad suficiente para cubrir su consumo, por lo que tenía que ir a Erjos o a Los Llanos a comprar las que necesitaban. Posteriormente, cuando el agua de la galería San Fernando llegó a la finca, también se sembraban, a finales de julio, papas ‘chineguas’ (King Eduard) y ‘autodate’ (up to date) con lo que ya conseguían las suficientes para su abastecimiento. También se comenzaron a sembrar ajos después de 1954, que fue cuando la mencionada galería empezó a dar agua. Tanto las papas como los ajos se repartían a la mitad.

El agua de consumo les suponía, además del trabajo, una pérdida de tiempo considerable. Esteban llevaba a su yegua con dos barriles de 25 litros cada uno al Valle de Arriba, con la incógnita de saber cuánto tiempo tardaría para llenarlos. Allí siempre había una cola de gente esperando, pues, además de los vecinos del Valle de Arriba, venían de Los Llanos y de otros lugares próximos. Y por si esto fuera poco, también llevaban diariamente l los animales para que bebiesen -él lo hacía con la yegua y las vacas, las de Los Partidos las traían alrededor de las doce, y entre una cosa y otra, para llenar los dos barriles, la mayoría de las veces, estaba hasta medio día.

Desde que se cambió al Cercado de los Ajos, comenzó a ir alguna vez a la fuente de La Guancha, en El Valle, pero con una lata pequeña -en esa época no era fácil conseguirlas- o con un caldero de los que utilizaban para cocinar porque, por la poca cantidad de agua que manaba, la gente procuraba llevar recipientes pequeños para que los que hacían cola no estuviesen demasiado tiempo esperando. También dejó de llevar las vacas a beber al Valle de Arriba, pues le resultaba más cómodo coger el agua en un chorro público que había en El Valle, cerca de la iglesia -en donde está el parque actualmente-. Así estuvieron durante un par de años, hasta que se la pusieron en la casa donde vivían. Sin embargo, la que utilizaban tanto para beber como para la  comida, siguieron yendo a buscarla a los lugares antes mencionados hasta mediados de la década de los sesenta, que fue cuando se construyó un aljibe que recogía agua de la lluvia de una azotea que tenía la Casa del Patio -ésta, desde que se construyó, contaba con otro bastante grande que se llenaba por medio de una acequia con el agua que corría por el barranco durante el invierno, pero que era para uso exclusivo de los dueños y del encargado-, y con la que se abastecían durante todo el año.

Para hacer el gofio tenía que ir al molino casi todas las mañanas con un saco de unos cincuenta kilos al hombro, si iba a molerlo a El Valle, y en su yegua cuando se dirigía a Erjos o a El Tanque. En El Valle comenzó llevándolo a un molino que había puesto Manuel Leandro en la casa que actualmente tiene el número 38 de la avenida General Franco.. Posteriormente se lo vendió a Leoncio, de Tamaimo. Cuando éste dejó de funcionar se cambió al que, poco tiempo después, puso Ventura en el número 54 de la misma calle-. Pero si en el de Ventura había mucho trabajo se desplazaba a los citados pueblos del norte.

La alimentación
El alimento básico para la gente del Valle de Santiago en aquella época era el gofio. Este se hacía solamente con trigo o añadiéndole una determinada cantidad de cebada y millo, de acuerdo con el sabor que se pretendía conseguir.

El la casa de Esteban se elaboraba mezclando los tres ingredientes, aunque la cebada y el millo en mucha menor proporción. Habitualmente tostaban unos cincuenta kilos -en tostadores de barro hechos en Arguayo- prácticamente todas las semanas, por lo que su madre, que mientras pudo era la que se ocupaba de hacerlo, se quejaba diciendo:”Estoy cansada de tuesta, tuesta y muele, muele”.

Además del gofio, las papas eran imprescindibles en casi todas las comidas. También consumían: higos pasados, porretos (higos de pico pasados), “belete” y queso.

El belete era la leche de las vacas y de las cabras que se obtenía en los tres días siguientes al parto, se llamaba así porque durante estos días se cuajaba al hervirla. El primer día se le añadía un poco de agua “porque era muy fuerte”.

El queso lo comían mayormente duro. Se elaboraba de enero a mayo, aunque en este último mes, como ya se obtenía poca leche, el queso era pequeño. Cuando ya estaba curado se ponía en el cajón del trigo, para que, metido entre éste, se conservase sin endurecerse mucho. de allí lo sacaban a medida que lo iban necesitando.

Al potaje le ponían carne de cochino -la que ellos conservaban salada, mientras les durase, que solía ser desde noviembre a enero- que, junto con las coles, le daban un sabor inigualable.

De vez en cuando comían pescado que traían a la cabeza las “pescaderas” del Puerto de Santiago. Sobre todo caballas y jareas -en este caso eran de caballas también- que permutaban por higos pasados o por cereales. Aunque, esporádicamente, dejaban peto y pargo, los cuales eran muy sabrosos. Esteban todavía recuerda a algunas de ellas, como a Carmen “la Cuca”, a Candelaria, etc.

Cuando iban a realizar determinadas faenas agrícolas, como arar o sembrar, se llevaban la comida desde por la mañana. Esta consistía, casi invariablemente, en higos pasados, queso y gofio. Sin embargo, cuando segaban, arrancaban lentejas o pelaban higos, alguna de las mujeres de la familia, que también estaba trabajando, iba a media mañana a la casa para preparar el almuerzo y luego llevarlo al campo. Este tampoco tenía muchos cambios, pues casi siempre era lo mismo: papas guisadas, pescado salado, cebollas -cocidas junto con las papas-, mojo de azafrán y gofio amasado. El pescado salado y las cebollas guisadas las mezclaban con el mojo de azafrán, donde mojaban las papas para comérselas. lo único que sufría variaciones era el pescado salado, ya que cuando no había en su lugar se ponía queso duro.

Ocio y diversión

En la Casa del Patio, después de que hubiesen terminado de trillar o vendimiar, se reunían todos los participantes en estas faenas agrícolas para practicar el lanzamiento de la barra, uno de los deportes canarios autóctonos de Valle de Arriba y de El Valle. Esto lo hacían en un amplio espacio que había entre la casa y la era.

La barra de hierro, que era la que se usaba para realizar algunos trabajos de la finca, se cogía con las dos manos y, después de balancearla dos o tres veces, se arrojaba con una la más lejos que se pudiese. Para Esteban, los mejores lanzadores que recuerda fueron: su padre, José Dorta Pérez, y el encargado de la finca, Agustín Alegría.

Una leyenda de gran tradición en el pueblo dice que, en cierta ocasión, un hombre lanzó la barra desde el patio de la casa -en la Casa del Patio- con tanta fuerza que pasó encima de la iglesia.

Los domingos por la tarde iba al Valle de Arriba para reunirse con sus amigos en un asiento de piedra que había cerca del abrevadero, en el cruce de las calles San Fernando y Reventón. Allí comentaban las anécdotas del trabajo, las incidencias del tiempo atmosférico en la agricultura, contaban chistes, decían cuentos… En aquel entonces eran sobrecogedores los cuentos de espíritus que manifestaban su presencia de diversas formas, o los de brujas que muchas veces se presentaban con aparencias diversas para burlarse de las personas.

Esto último fue lo que le ocurrió a un vecino del padre de Esteban cuando era joven. Este hombre le contó a su padre que un día vio a una burra de un familiar suyo suelta en un terreno que no le pertenecía, por lo que se montó en ella para llevársela a su dueño, pero, por mucho que lo intentó, el animal no se movía. Entonces sacó del bolsillo una puntilla -especie de navaja pequeña y puntiaguda- y la pinchó con ella. En ese momento la burra dio un brinco y lo tiró al suelo. Mientras intentaba levantarse oyó unas carcajadas de mujer, y cuando logró erguirse y mirar a su alrededor, mujer y asno habían desaparecido. Por lo que se dio cuenta de que la burra era en realidad una bruja que había querido mofarse de él.

Cuando el hombre llegó a la casa del familiar para contarles lo que había sucedido, le confirmaron lo que él ya se imaginaba, pues comprobaron que la burra estaba en la cuadra sin que hubiese salido de ella.

Las mujeres, en aquella época -respecto a la diversión- estaban siempre en sus casas, sólo salían para ir a misa, a las fiestas o a los bailes que se hacían en las ventas. Precisamente en estas últimas se celebraban dos bailes famosos en el Valle de Arriba: el de la jota del viudo y el de la cadena. En el primero, el que quedase viudo – sin pareja- al finalizar el mismo, tenía que invitar a todas las mujeres con anís, por lo que procuraban, con habilidad y astucia, no quedarse viudos para evitar tener que afrontar con un gasto de dinero superior al habitual.

Esteban, además de las de Vale de Arriba, también iba a las fiestas y a los bailes que se hacían en El Valle. los que se celebraban en el salón de Rafael eran muy famosos. Pero a él lo que más le gustaba eran las parrandas, en las que participaba cantando y se divertía mucho.

A la fiesta de San Antonio -en El Valle- llevaba una yunta de vacas con una carreta adornada con hojas de palmeras para pasarla delante del Santo. Con la yagua lo hacía un familiar suyo. A mediados de la década de los ochenta iba con un tractor, Ebro 135, que había comprado el dueño, al que también le enganchaba la carreta engalanada. Algunas veces llegó a ir caminando a las fiestas de Erjos y Los Llanos.

Añoranza

Esteban, al principio, cuando las necesidades de la finca lo requerían, trabajaba de peón de sol a sol; más adelante se estableció el horario de ocho horas, pero, aún así, había poco tiempo para el descanso, pues cuando no trabajaba en la agricultura, tenía que alimentar a los animales o sacarles el estiércol. También había que ir al molino, traer el agua para beber… Sólo los domingos por la tarde se permitía romper con la rutina y distraerse un poco.

Según dicen, “Esteban se casó con la finca del marqués”. Él, como se veía joven y fuerte, no pensaba que el tiempo transcurriese tan rápido, mas éste se va demasiado deprisa, y con el agravante de que nunca suele retornar. Pero, a pesar de todo, hoy recuerda, a sus 76 años, que disfrutó siendo agricultor, y que fue feliz como medianero de la Casa del Patio.

Entrevista con Esteban Dorta Pérez. Febrero de 2005.
Fuente: CHINYERO Revista histórico-cultural de la Villa de Santiago del Teide – Número 4 – Colectivo Arguayo 2005
Fuente fotográfica: Archivos varios

 

Una respuesta a Historia

  1. Guía de turismo. dijo:

    Felicidades por el artículo. Me encantó leerlo y me transportó a otro tiempo. Muchas gracias

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